Estrenada en Valencia en febrero de 1917, “El gato montés”, de Manuel Penella (1880-1939) fue un intento por desarrollar en España un género operístico nacional y popular que, desgraciadamente, no gozó de demasiada suerte, aunque el gran éxito inicial de su estreno español y su salto posterior a Nueva York, de la mano de Pastora Imperio y Concha Piquer, pareció anunciar lo contrario. En el Park Theater de Nueva York, “El gato montés” permaneció diez semanas en cartel.

La obra, ambientada en escenarios costumbristas sevillanos, narra el drama de amor entre un torero y un bandolero enfrentados por los favores de la gitana Soleá. Compuesto al modo del “verismo italiano” y con grandes destellos musicales situados a la altura de un Mascagni o un Leoncavallo, la obra desarrolla escenas como la persecución del bandolero por la sierra o la trágica cogida del torero en la plaza de la Maestranza, que evocan los tópicos españolistas y andaluces del género.

Según el especialista Mario Lerena, quizá fue ese exceso por permanecer aferrado a los tópicos nacionales lo que alejó al público de la España de los años 20 del siglo XX de un género de excesivos aires decimonónicos para el cosmopolitismo cultural de un país en cuyos escenarios ya coincidían las presencias de Nijinsky o Arthur Rubinstein, el jazz, el tango argentino o los modernos cabarets con el estreno madrileño de “El gato montés”.

Sin embargo, la producción del Teatro de La Zarzuela, con dirección de escena de José Carlos Plaza y coreografía de la sevillana Cristina Hoyos, descarta toda posibilidad de folclorismo y desarrolla la historia en unos términos cercanos al de una “tragedia griega”, según Plaza, para quien Soleá dirime su destino dividida entre los polos de atracción de sus pretendientes. "Su corazón no puede soportarlo más (...). Ella muere por una lucha interior", ha reconocido Plaza. El montaje expresa esa tensión a través de la iluminación y una escenografía “minimalista”, según Plaza, pero rebosante de pasión. El director de escena explica que el montaje rinde homenaje a la fiesta de los toros diseccionando “crueldad, fuerza y muerte”, en el contexto del “enfrentamiento ancestral del hombre con su destino”.

Híbrido de “alta cultura y cultura de masas”, según Mario Lerena, “El gato montés”, reconocida por su célebre pasodoble, volvió a la plena actualidad musical cuando, sorprendentemente, en los años 90, Plácido Domingo logró situar su versión discográfica entre los discos de ópera más vendidos en los Estados Unidos. La partitura, "muy nuestra" por reunir elementos folclóricos, según el director musical Cristóbal Soler lleva a los músicos “al límite” hasta el punto que, a veces, por su intensidad, lo supera. Desde 2010, Soler es director musical del Teatro Lírico Nacional de La Zarzuela y ha prestado especial interés por la recuperación del patrimonio musical español revalorizando obras de Martín y Soler, Gomis o Giner.

Aunque, por su temática, “El gato montés” puede evocar a la “Carmen” de Bizet, el ambiente castizo y rural en el que transcurre conecta con la “Cavallería rusticana”, de Pietro Mascagni. Los especialistas han señalado que en la partitura de Penella se percibe su fino olfato para dotar de personalidad musical a sus personajes sin alejarse del color nítidamente andaluz con alusiones al mundo del toreo a través del uso frecuente del pasodoble, detalles de seguidillas o la aparición de un singular garrotín gitano que se baila en el Primer Acto. La partitura fue revisada en 1991 por Miguel Roa.

Con puesta en escena de José Carlos Plaza y dirección musical de Cristóbal Soler al frente de la ROSS y el Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza, un plantel de excelentes cantantes españoles como Ángel Ódena, Saioa Hernández, Andeka Gorrotxategi y Milagros Martín encarnan los principales papeles en una producción del Teatro de La Zarzuela.

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